Quien da la Luz «Capítulo 1»

´´Origen´´ 

Bueno… ¿Por dónde comienzo? Supongo que empezar por el principio es la peor de las decisiones a la hora de contar una historia. Pues, si bien, será larga, deberé empezar por mi primer recuerdo. 

Debía de ser mediados de otoño por ese día, a mi lado una caja de madera con grandes artilugios de metal se tambaleaba con los baches de la carretera. Sí, estaba en un auto, era un Aston Martin V8 Vantage un auto europeo de los años 70. 

La curiosidad me pudo y en un intento por mirar el camino recorrido, me pare sobre el asiento apoyando mi pecho contra el espaldar. Por el vidrio trasero pude ver nítidamente una humilde choza de madera, con una puerta donde podía avistar el balancear solitario de un sillón. Rodeada por el dorado del trigo, se fue alejando, lentamente desapareciendo de mi vista. 

No entiendo la sensación que me invadió en aquel momento, el pecho me apretaba y no pude contener las lágrimas. Segundos después ya estaba llorando y sentado en mi asiento comencé a vociferar mi disconformidad. El conductor, la persona al volante que nos alejaba del lugar, era mi padre. Pelo marrón, brazos anchos y una estatura que rosaba los dos metros. 

Él no era grande, era enorme, e incluso hasta el día de hoy no he conocido nadie como mi padre. Sin embargo, su rostro no era nada inusual, no muy atractivo, barba poco pronunciada, cejas gruesas y ojos pardos. Era el estándar perfecto de una persona normal.

Aún sin detener mi llanto, su mirada reposo en mí. Sacó una mano del manubrio y me propinó un solo golpe con el dorso de su mano. Lo justamente fuerte, para dejarme fuera de cuestión como se dice por ahí. 

Tal vez esto pueda verse algo extremo si se trata de un tercero, pero entre tú y yo nunca podré dejar de amar a mi padre, aún si esa era nuestro tipo de relación. 

De vuelta a lo que nos importa, omitiré el asunto del viaje y continuare con las cosas que vagamente recuerdo. Ciertamente no se puede confiar en la mente de un chico que todavía no había cumplido sus 3 años, pero para mi sorpresa recuerdo bastantes detalles inútiles sobre mi infancia. Empecemos por nuestro destino, llegados a una ciudad llamada Adelphia. Papá salió de la autopista principal, dio vueltas en dirección al este y cruzamos por una carretera sin asfalto que se dirigía a lo profundo del bosque.

Ahí, en una casa algo alejada de las demás, justo en la cúspide de una pequeña colina y con una gran vista al bosque como nuestro patio trasero. Ese fue el primer lugar al cual llamaría hogar. Bueno, tomando en cuenta las circunstancias, digamos que luego de ese lugar solo he podido llamar hogar a estas paredes grises. 

Estaba hecha de mampostería y granito firme con un tejado de madera empotrado que bajaba en una V invertida. Carente de color en sus paredes, solo el carmelita cobrizo de la madera en sus detalles y un pequeño jardín natural de flores silvestres en uno de sus costados. Las hierbas llenaban de verde el paisaje, elevándose a casi un metro desde los pies y tupiendo por completo el trillo que deberíamos atravesar. 

Mi padre chasqueo su lengua y se dirigió al maletero. Solo por curiosidad le seguí y al abrir su maletero, todo tipo de instrumentos punzantes y filosos se encontraba alineados en un estuche de cuero a lo largo de la tapa del capo. 

Tomó dos de ellos e hizo entrega del más pequeño a mis manos. Le mire interrogante y él se acercó a la maleza empuñando su machete. Balanceo en ritmos constantes su mano y despojo al instante una gran parte del excedente verde. Luego de comprender para qué era lo que me fue entregado, me acerque al pasto alto y tratando de imitarlo, acerqué el brazo lo suficiente como para casi darle a él. 

Como castigo deliberadamente fui golpeado detrás de la cabeza con la palma de su mano y me ordeno que me detuviese. Agarró mis manos, las guio en el camino a donde yo planeaba dirigir la hoja y en su punto culminante se encontraba mi pie. Tal vez a modo de educarme, aplicó una pequeña fuerza en su agarre y me dejo un pequeño arañazo en la pierna. Una pequeña gota de sangre llegó hasta mis zapatos y sujeté mi pierna. 

Ciertamente exagere doblándome para agarrarme la herida, pero mi padre no presto atención a esto y reorganizó mi postura y me enseñó la manera correcta de mover la mano. Luego de que me adaptara al trabajo, me señalo un área de la casa y me dijo algo como “Esa es tu parte.” antes de darme la espalda. Apenas iba por la mitad de mi área delimitada cuando mire al cielo y vi al mediodía pasar. El sol en esta zona no era severo, pero entre el cansancio, el continuo balanceo y la constante comezón que causaba la maleza al entrar en mi ropa ya estaba llevando a mi límite como niño. 

Mi padre vio como me detuve por un momento y el solo notar su mirada me puso en movimiento de nuevo. Luego de un rato mi mano soltó por sí sola el machete y no dejaba de temblar, mire más de cerca y las ampollas apenas me dejaban cerrarla.

Nuevamente mi padre dirigió su mirada en mi dirección y dijo “Los humanos tenemos dos manos.” mientras balanceaba con la misma habilidad tanto la mano derecha como la izquierda. Con un sentimiento complicado agarre el machete con mi siguiente brazo y, aunque costó varios cortes leves al principio, me acostumbre rápidamente. 

No había terminado cuando sentí un ruido proveniente del auto. Mi padre había sacado algo de comida y la estaba llevando dentro de la casa, de inmediato mire alrededor y vi como todo el terreno que no concernía a mi parcela estaba perfectamente podado. No serviría sorprenderse, así que seguí el ejemplo y puse todo el empeño que me quedaba en terminar la labor.

No es de extrañarse que al caer el último tallo verde, mi cuerpo también cayera tendido junto a él. Al mismo tiempo que mis extremidades dejaron de responderme y se me imposibilitara hablar por el desesperado intento de mi cuerpo de llevar oxígeno a mis pulmones.

Llegados a este punto, mi cuerpo se sacudía con cada respiración y aunque mi cama fuera tan incómoda, las mismas piedras que separaban mi pecho del suelo simulaban un gran y acogedor colchón celestial del que no podía levantarme.

Miré hacia un lado y el compañero que me había ayudado en esta labor yacía junto a mí, fielmente clavado en la tierra y destellando con el sol en su hoja. La luz naranja me señalo la llegada del crepúsculo y con esto en mente, las palabras de mi padre resonaron por todo el lugar. 

– ¡Alex! En cuanto termines con tu labor, apresúrate en entrar que se está haciendo de noche. 

Ah, es verdad, todavía no te había dicho mi verdadero nombre, aunque no es que importe mucho.

De todas formas, tal vez porque no escucho bien mi respuesta o no la escucho en absoluto, padre salió de la casa para echarme un vistazo. Si te soy sincero, ni siquiera yo estaba seguro de si había o no alzado la vos. Pero aun así pude estar lo suficientemente consiente para verlo acercarse a mí, para poder apreciar su cara de preocupación que era tan indiferente como su cara normal, pero que incluso por aquel entonces ya podía distinguirla.

Me llevó en brazos hasta el baño y me ayudó a bañarme, sin perder la oportunidad para enseñarme como debía y como no debía proceder.

“Siempre empieza por la cabeza, nunca te bañes con agua fría ni caliente después de esforzar tu cuerpo. Recuerda lavar las partes que no se ven a simple vista, restriega primero con una esponja dura y luego de enjuagar con una suave…”. Y así diversas cosas que no tenían que ver con bañarse como, siempre lava tu ropa interior antes de salir y tiende todo en los cordeles de la terraza.

Salí del baño, acompañado y con ropas de varias veces mi talla, un gran espejo que colgaba de la pared mostró mi apariencia y podría jurar que escuché un bufido desde la parte de atrás. Supongo que en ese tiempo todavía no le entendía bien, aunque me gire solo vi la cara de siempre. Debe ser por el poco tiempo que tuve para pensar, pero cuando me relajé y sentí la frialdad de la noche, un dolor punzo contra mi abdomen y doble mi espalda en respuesta. 

– Sígueme.

Obedientemente me coloque detrás de él y camine sujetando mi estómago. “Je~”, cuando llegué a la cocina no puedo negar que me sorprendí, estaba hecha un desastre. Los utensilios tirados y sucios repartidos por la vasta meseta, que entre lo sucia y lo desorganizada no le cabria ni un solo grano. Pero lo que más me sorprendió no fue eso, había un cuchillo empotrado a la pared, ¡una pared de sementó! Actualmente cuando recuerdo eso, solo puedo imaginarme a mi padre con una cacerola como casco, un delantal de camuflaje, cuchillos de carne en el cinturón de porta granadas y un batidor de mano como arma principal.

¡Ja, ja, ja, ja! No digo que no se esforzó, pero al ver la comida en la mesa supe instantáneamente quien había ganado la guerra.

Cundo me senté, lo que estaba frente a mí era lo mismo que llevaba comiendo desde hacía 6 días, comida pre-hecha que compró en alguna gasolinera por la que pasamos en el camino… Esa fue la comida de esa noche y ninguna otra palabra salió de nuestra boca hasta que terminamos. Padre dejo la cocina y me hizo una seña para que le siguiera. A unos pasos de la entrada de la casa una escalera de madera llevaba al segundo piso, subí junto a él y había cuatro puertas en el pasillo frente a nosotros, dos a cada lado. Abrió la primera puerta y me guío dentro.

– Esta es tu habitación, ya sacudí el colchón y limpié un poco el escritorio. Avísame si necesitas algo, mi habitación es la del frente.

Dentro solo tenía una litera, un escritorio y un feo cuadro de un cordero en la pared. El tapis era a cuadros blancos y negros, el suelo era un fundido de cemento con colorante de pinturas vivas. Ah sí, también tenía un armario, estaba incrustado en la pared y tenía unas pequeñas puertas de madera oscura cerca de los pies de la cama. Había una ventana, era tan grande como para abarcar todo el costado de mi cama y una forma arqueada con un pequeño escalón de piedra que topaba con ella. Esta era mi habitación, mi nuevo hogar. 

Asentí para confirmar lo que me había dicho padre y escuché la puerta cerrarse detrás. Camine como sonámbulo por toda la habitación y mirando cada rincón. Termine de cenar en la cama y solo me hizo falta recostarme en el duro colchón para sentirme seguro. Me recosté mirando al techo y poco a poco mi conciencia se separó de mi cuerpo.

Bueno supongo que aquí empieza la verdadera historia. Veras… 

♦ ♦ ♦

– ¿Por qué te detienes? 

Preguntó curioso el profesor.

– Se acabó el tiempo.

Declaró tranquilamente mientras volvía a colocar sus ataduras y sus esposas en su sitio. Segundos después el sonido chirriante sonó antes de abrirse la puerta, una luz roja encima de la puerta cambio a verde y entraron dos guardias. 

– Se acabó el tiempo de la visita. Señor Edward, acompáñeme a la salida. 

Retirando sus cadenas de la mesa y sus amarres de la silla, le ayudaron a levantarse y el guardia armado se colocó detrás de la espalda de Fenril.

– Entones, nos veremos mañana.

Se despidió el anciano mientras se levantaba de la silla.

– Cuenta con ello.

Respondió secamente Fenril que ya estaba saliendo de la sala.

El fuerte sonido volvió a sonar y la puerta se cerró detrás de él al poco tiempo. El extenso pasillo se mostró ante él, se detuvo unos segundos y miro hacia el lado, hacia la ventana. El muro se alzaba orgulloso y sus labios se curvaron ligeramente hacia arriba. El guardia a sus espaldas se empezaba a impacientar y lo instó a continuar. 

– Llama a Brain, dile que estoy hambriento.


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