Quien da la Luz «Prólogo»

Un fuerte sonido, seguido de un estruendo metálico, recorrió el espacio reducido en el que su huésped, recostado en una cama tan dura como cemento o una dulce apelación de clavos, esperaba paciente mientras contaba los segundos con sus dedos.

– ¡Levántate! tienes visita.

El hombre soltó un bufido y de un impulso ya estaba fuera, mantuvo el silencio y se colocó frente al guardia uniformado colocándole las manos al frente. Dos aros de metal trenzaron sus muñecas y prosiguió a seguir los pasos de su custodio. Caminaron por un pasillo monótono de color gris, pequeñas varas de metal rodeaban el camino. El lugar parecía infinito.

Cruzaron varias puertas metálicas de increíble grosor. El acompañante se detuvo frente a una puerta con un marco de diferente color y agarro la pequeña unión de metal que mantenía juntas las manos del custodiado. La puerta resonó con un chirriante sonido al encender una luz roja y luego se abrió, cuatro personas esperaban dentro.

Dos de ellas se le acercaron para colocar otros aros de metal brillante en sus tobillos y cintura. Los otros dos cargaban oscuros pedazos de acero con el poder suficiente para extinguir una vida, mas esperaban serenos, confiados y poderosos. Siguieron caminando y en esta ocasión el sonido de la puerta fue incluso más agresivo que el de la primera, e iluminó verde el camino a seguir.

– ¡Muévete!

Ordenaron a su espalda. Obediente concedió y avanzó hasta el siguiente pasillo, las ventanas transparentes permitían ver los imponentes muros de hormigón y hierro, hacían ver aún más pequeño él ya reducido espacio que le encerraban.
Llegados a su destino el escolta se detuvo frente a una puerta sin marco, le señalo con la barbilla, y giró el pomo. Dentro una fría habitación de no más de tres metros cuadrados, dos sillas de metal al igual que una mesa del mismo material. Una de las sillas ya estaba ocupada.

El cautivo entró y tomó asiento en la silla restante, su acompañante jaló sus manos sobre la mesa donde le sujetó la cadena plateada a un asidero, e hizo lo mismo con sus pies, encadenándolos a ambas patas de la silla y su cintura al espaldar.

El guardia miró hacia el otro hombre esperando confirmación y al verle asentir con la cabeza dio media vuelta y se fue. Dos caras mirándose mutuamente fue lo único que quedo en el silencio de ese espacio tan pequeño y forrado de paredes grises.

El hombre encadenado a la mesa debía tener algo más de 30 años. Su pelo negro, corto al estilo militar y una pequeña barba a ras de piel, hacían que te fijaras aún más en el gris claro de sus ojos que hacen juego con la habitación. Su acompañante, es en todos los sentidos minúsculo en comparación a la persona frente a él, 60 y tantos años parecían reflejarse en todas las facciones de su rostro, pelo encanado, arrugas y cataratas en sus ojos obligándole a usar espejuelos gruesos y toscos.

Unos segundos más de silencio, el anciano sacó de uno de sus bolsillos una pequeña caja colorida y del otro un mechero viejo y gastado, de esos hechos de hierro a base de gasolina. Colocó uno de los contenidos de la caja en su boca y se dispuso a guardarla, cuando se dio cuenta de la compañía, detuvo su acción y le ofreció uno al hombre encadenado, este negó con el poco movimiento que le permitían sus manos. El anciano encogió de hombros y prosiguió a guardarla.

– ¿Y bien?

Preguntó el recluso.

– ¿Y bien qué?

– Esperaba que tú me respondieras esa pregunta.

– Y yo esperaba acabarme la bala antes de dispararte preguntas, estar relajado y tener paciencia son unas de las muchas virtudes que poseo.

– Esos son los pecados del fuerte, ¿te consideras a ti mismo fuerte?

– No, por dios, ¿Qué dices? ¡¿Fuerte yo?!
Carcajeo un poco, pero la tos interrumpió y continuo mientras recuperaba el aire.

– Puedo estar relajado, porque mi posición me lo permite y soy paciente porque eso me ayudó a llegar hasta aquí. No son privilegios de fuerte son las virtudes del débil.

El hombre encadenado escaneó con su mirada la habitación, y volvió a fijar su vista en el anciano frente a él.

– Sin guardias, sin cámaras y tampoco cristal unidireccional. ¿Acaso viniste aquí para morir viejo?

– ¿Crees poder hacer algo al respecto en esa situación?

Apenas lo señaló con el cigarrillo entre sus dedos, se dio cuenta que se había liberado e incluso que su cigarrillo había sido arrebatado de sus manos, y ya reposaba en los labios de su contrario.

– Hombre, no me has dado ningún motivo “especifico”. ¿Puedo?

Preguntó mientras fumaba y señalando el pin en la chaqueta del oponente que estaba en la mesa. El viejo empezó a carcajearse en regocijo mientras apuntaba con el dedo a su compañero.

– ¡Eso es! Eres a quien andaba buscando, Fenril Ebsilon.
Mientras él se estremecía en una conmoción ciega de alegría, Fenril había acabado de desatar sus pies y cintura, y se empezó a estirarse de pie justo al lado de la mesa. Unas respiraciones después ya le habían dado una vuelta a la habitación.

– Entonces ¿quién me busca?

La pausa escénica esperando una respuesta obvia obtuvo el resultado buscado, pero antes de que el anciano abriera la boca Fenril lo silenció.

– No, no hace falta. Puedo intuirlo por mí mismo.
Dicho esto, Fenril movió su mano hasta uno de los bolsillos de la chaqueta ajena y sacó una billetera. La empezó a revisar.

– Edwar Crow Trombel, 68 años, Residente en Grosbil. He estado allí, ¿no es donde el viejo Mar Grant? ¿Sigue cocinando ese exquisito pollo frito?

– ¡El mejor del país!, y no ha perdido el toque todavía.

– Sin discusión. ¿Un carnet de educador? Profesor de Historia en la universidad de Sant Argreom”. Pero ¿qué demonios?, Militante del escuadrón 13- 13 de la Marina de Guerra nacional, teniente coronel y… ¿Es viudo o divorciado?

– Viudo.

Respondió el anciano con cierto lamento en su voz.

– Tiene una hija increíble, felicidades por eso. Ah y siento su perdida. Entonces, ¿qué hace un ex militante de la marina y profesor de la universidad a la que asistí, requiriendo algo de un malnacido que está aquí por sus propios pies?

– Estoy interesado en usted señor Epsilon, en su historia, pero sobre todo… En su familia. En 1938 durante la primera gran guerra su tatarabuelo se convirtió en el principal héroe de la contienda y salvó a mi padre de una situación que según él me conto, era imposible. Luego, cuando estaba en el ejército, en 1986, en la lucha por el control del golfo occidental, la lucha se ganó en solo 14 días. Por ese entonces era primer teniente y se me encargó el escuadrón suicida. Fui a esa operación con toda la intención de morir, Fenril. Debíamos derrumbar la trinchera y destruir el centro de comunicaciones enemigo y así terminar con la cadena de mando. La posibilidad de éxito era alta pero yo no era ningún idiota, aunque cortes la cabeza de la araña esta seguirá moviendo sus patas. Conseguiríamos nuestro objetivo, pero ¿a qué precio?

– Pero ¿a qué no sabes qué me encontré?…

Un gesto de duda y una encogida de hombros le hizo proseguir el relato.

– ¡Nada! no había soldados en las trincheras ni ametralladoras en los fortines, avanzamos hasta el centro de mando confiados, y cuando llegamos tu abuelo yacía inerte en el suelo, a sus espaldas ya no quedaba más que hierro, fuego y sangre ensuciando paredes y suelo.

– Un gran hombre, mi padre me contaba cuentos como esos todas las noches. Siempre concluía con un “era igualito a ti”.

Declaró Fenril dándole una profunda inhalada a su cigarro.

– Viéndote a ti, puedo decir que tenía razón. En fin, la familia Epsilon me interesa y por su puesto me interesas tú.

– ¿Qué sabe usted acerca de mí?

– No mucho. Sin cargos, sin expediente, identidad limpia, pero cumpliendo condena ¿No es impresionante? ¿A qué vieja millonaria le robaste el bolso para acabar aquí?

– Estás mintiendo en algo. Tú no vienes a preguntar por mí, sino por mi padre… Por Neils Epsilon.

– Esa es y no es la razón, si bien estoy enterado de los logros de tu padre en el bajo mundo, me interesan más los que no conozco. ¡Quiero la historia completa! Sin tapadera, trapos sucios, cuentos de bar o leyendas urbanas. Quiero crudeza, quiero su verdadera cara, quiero ver a ese del que tanto he escuchado hasta el punto de no saber nada. Yo quiero a, Fenril Epsilon.

Viendo la exaltación del anciano en frente suyo, inhalo el último aliento de su cigarro y lo apagó contra la mesa mientras exhalaba lenta y pacientemente el aliento blanco.

– Ya veo, por eso es que no hay cámaras ni vigilancia. ¿Cómo puedes asegurarme de que esto no saldrá de esta habitación?

– Tengo Cáncer de Pulmón, terminal e intratable, en 2 meses estoy fuera del juego. Me costó mucho llegar hasta aquí. Usé los favores que acumulé a lo largo de mi vida y carrera. Muchas personas me ayudaron a estar aquí y a compartir de hoy en adelante, 2 horas contigo solo para satisfacer mi curiosidad. Ahora, sabiendo eso, ¿Le permitirías a este mal nacido cumplir con su última voluntad antes de llevarse tu historia al otro barrio?

– Antes de empezar he de aclararle un par de cosas.
– La primera: La historia que le contaré no es para nada ficticia, si bien pueda parecer fantástica o no eso lo dejare a decisión suya.
– La segunda: De mi padre y mi familia sé tan poco e incluso menos que usted, yo diré lo que sé, si no coincide ese ya no será problema mío.
– La tercera: Cualquier cosa que entre en sus oídos deberá llevárselo a la tumba. A mí no me causaría ningún problema, pero puede que su hija sea propensa a un inesperado accidente. Así que será mejor que permanezca con la boca cerrada. En tanto cumpla estas condiciones, nos llevaremos bien e incluso podríamos llegar a ser amigos.

– Me parece justo, entonces, un gusto conocerle Fenril.
Extendió la mano y espero la respuesta.

– Es mutuo, señor Edward…
Respondió mientras estrechaba la mano del curioso anciano.

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