A- A+ Ahora puede cambiar de capítulo pulsando dos veces las teclas de navegación izquierda y derecha, espero lo disfruten.

 

Partu Deorum

“El Nacimiento de los Dioses”

 

Capítulo 4: El niño de las Arenas

 

  El gran desierto de Génova, es un lugar inhóspito y desolado, habitado únicamente por pesadillas creadas con el único propósito de matar. En este maldito y olvidado lugar los días son tan calientes como las llamas del horno infernal, y las noches tan frías como el peor invierno vivido por la humanidad.

  Un mar de arena, compuesta por los huesos desgastados de los seres que habitan en su interior, donde viven las criaturas más horribles que puedas imaginar. Un lugar donde sol brilla tan fuerte que derrite la arena bajo tus pies, donde el viento sopla tan fuerte que sientes como los cristales cortan tu piel; donde las noches no dudaran ni un segundo en petrificar todo tu ser.

  Es en este lugar donde fue abandonado, ese niño que nació siendo despreciado, aquel que nunca debió de nacer. Aquel niño que al nacer fue bautizado como un demonio cruel, un sinónimo de la muerte y la destrucción.

  Esta es la profecía del que fue condenado a morir antes nacer, aquel el cual el mundo ni siquiera quería ver, ese que era tan temible que ni siquiera el abrazo de la muerte pudo detener.

  El dios de la destrucción, el heraldo de la muerte y el dolor, el tambor que anuncia de la caída de dios. La señal que marco la caída del cielo y su completa aniquilación, él era el demonio destructor, aquel que traería la aniquilación de los dioses y su creación.

  Aquel que es representado como el símbolo mismo de la aniquilación, el oráculo de la muerte y la destrucción, él es la pesadilla de Dios…

  Los días transcurrían sin piedad alguna, durante el día el fuego del sol convertía la arena en afilado polvo de cristal. Mientras que en la noche el mar se congelaba y no había nada que ahí habitará.

  El sol comenzó a asomarse por el horizonte, acompañado por el llanto del niño que esperaba su resolución, ya había aprendido el significado que aquel brillante resplandor. Su tortura estaba a punto de comenzar el día de hoy.

  La arena se suavizo y de ella cientos de miles de insectos hambrientos buscaron un camino a su pequeño cuerpo, le cubrieron por completo y cada uno de ellos busco un agujero. Algunos entraron por su ano, otros por su conducto urinario, sus ojos ya habían sufrido la invasión y por supuesto cualquier conducto que condujera a su interior.

  Los insectos clavan los picos de sus patas sin perdón, desgarraban su carne y sorbían su sangre, hasta que cada uno se acomodó. El tiempo era corto y debían de llevar a cabo su labor, comenzaron a comer sin control.

  Dentro de su cuerpo se presentó un espectáculo tan bizarro y macabro donde los insectos se estaban alimentado de la carne en su interior, después de un tiempo el dolor ceso, lástima que esto solo fuera el comienzo de su vil acción.

  Cada insecto se emparejo, y todo su cuerpo se retorció, los roces y los golpes de su interior solo se habían vuelto peor. Tan solo unos segundos se habían convertido en una eternidad de dolor, fue en ese pequeño descanso cuando cada uno estaba terminando su labor que se dio nacimiento a la nueva generación habían puesto a sus crías en su interior, y de ellos tres hambrientas larvas emergieron al exterior. Para contar la cantidad de parásitos habitando en su interior se necesitaría más de una vida tan solo para conocer los que nacieron el día de hoy.

  Los gusanos se retorcieron en su interior, recorrían sus músculos y bailaban en el interior de cada uno de sus órganos, asquerosos bultos se visualizaban bajo la capa de su piel. Hoy, nuevamente, emergieron de su ser los millones de grotescos insectos que habían vivido en su interior, alardeando las espinas de su caparazón, o las brillantes escamas que lucían en el exterior.

  Sus sangrantes agujeros se habían convertido en la entrada y la salida de este pequeño burdel de diversión, lástima que su respiración no podía seguir con el ritmo a esta increíble emoción, pues sus pulmones se habían convertido en la habitación principal. Incluso habían ocupado la sala privada de su corazón.

  El sol al fin se había presentado, y el calor comenzó, antes de poder darse cuenta en su piel ya se había ajustado, las grandes ampollas cargadas de líquido en su interior se presentaron como una nueva moda en su piel. Siguiendo la tendencia, su cabello se había quemado y la sangre que de su cuerpo se había escapado ya se había evaporado.

  Su piel ya se había incendiado, a su alrededor yacían sus más fieles y devotos invitados. Incluso estaban aquellos que fueron forzados a salir de su habitación para presenciar la radiante luz del sol.

  El dolor era tan insoportable que para él la muerte habría sido una bendición, pero para su mala suerte esta nunca sería una opción. Deseaba con todas sus fuerzas quedar inconsciente, para al menos poder escapar por un momento de este dolor, aunque su cuerpo tuviera un plan completamente diferente. Era como si le gustase sentir dolor, o si intentara que al menos compartiera su agonía.

  Completamente irreconocible, una pequeña bola de carne se cocinaba bajo el ardiente calor del sol a la espera de algún otro depredador. Esperando al monstruo que de las arenas emergió, esa bestia horrenda y asquerosa, se asemejaba a la grotesca mezcla de una araña, un ciempiés y un escorpión; que lentamente procedió a ingerir su parte inferior. En sus mandíbulas, las veinte hileras de afilados y puntiagudos dientes, devoraban sus piernas lentamente y sin ningún tipo de compasión.

  Sus pequeñas piernas estaban siendo destrozadas y trituradas, sus huesos se molían y astillaban, mientras en sus oídos escuchaba el desgarrador sonido de sus huesos rozando los agudos dientes de la bestia, el sonido de sus huesos siendo aplastados y el de su carne rasgándose y desprendiéndose de su ser lo perseguiría por toda la eternidad.

  Su tierna y delicada carne era un exquisito manjar para el colosal animal, el cual saboreaba cada trozo de carne que le lograba arrancar. Tardo más de lo que gustaría dejar de sentir su parte inferior, el monstruo había decidido tomarse su tiempo mientras le estaba devorando.

  Cuando el monstruo estaba a punto de continuar un depredador aún mayor se presentó, su nuevo señor tenía un aspecto que lo asemejaba a un pulpo con la piel cubierta de gruesas y filosas escamas, luciendo en sus tentáculos sus infinitas hileras de dientes tan afilados como agujas de coser.

  De cada una de las blancas goteaba un líquido espeso similar al pus, era viscoso, grumoso y sumamente pegajoso. En el momento en que apareció la bestia que había comido su parte inferior se esfumo, el monstruo había terminado de cenar hace mucho tiempo, y parece que el pequeño que estaba frente a él sería un gran aperitivo.

  En el momento en que uno de los tentáculos lo golpeo, el pus se propago por todo su interior, era una potente toxina capaz de derretir la carne y corroer los huesos desde su interior. En este inhóspito lugar el mejor predador era aquel que podía matar mejor, siempre había un monstruo más letal que el anterior. Darse el lujo de comer despacio en este lugar solo terminaría sellando tu propio destino, parece que la primera bestia había olvidado las reglas de este mortal juego.

  En cuando la sustancia entro en su cuerpo, el dolor que los gusanos le habían causado parecía una suave caricia en comparación. Su cuerpo se retorció de dolor, sus órganos fallaron todos a la vez, mientras que sus nervios solo le hacían sentir un dolor tal que haría a cualquier otro morir.

  El tentáculo se envolvió a su alrededor, todos los dientes se enterraron en su interior, y con rudeza fue introducido en las fauces de aquel fiero depredador. Fue tragado sin siquiera haber sido masticado, su carne ya se había derretido gracias al veneno y sus huesos ya se habían ablandado, para el monstruo fue como comerse un refinado postre.

  Cuando cayó en las fauces de aquel monstruo sus blandos huesos al fin se pudieron romper, el interior del monstruo le había forzado a sumergirse en su interior y las paredes de carne le estaban aplastando lo que quedaba de su ser. En su camino había sido convertido en una pequeña y sabrosa albóndiga.

  En el estómago tuvo la desgracia de encontrase con su anterior consumidor, el cual estaba siendo derretido para convertirse en el alimento de su depredador. El veneno había derretido la carne de su interior, lo único que le permitía mantener su forma eran su grueso esqueleto.

  Por otra parte, él no había tenido tal afortunado destino, ya que su maldito cuerpo había comenzado su reconstrucción. Por supuesto lo primero que reparo fue el hecho de que había dejado de sentir dolor, a su cuerpo no le gustaba agonizar en solitario, siempre tenía que involucrarlo.

  Luego comenzó el violento y grotesco proceso de hacer crecer todo su esqueleto, donde los huesos salieron de la carne obligándole a retomar su forma. Encerrada en esta blanca jaula, la bola de carne se aferró a sus barrotes cual preso rogando por perdón, comenzando con el proceso de reconstrucción.

  La carne se adhirió al hueso y le vistió, cada pieza de porcelana recién fundida había sido cubierta por la gruesa tela carmesí. Así fue como recuperó su forma, pero esto solo estaba comenzando.

  Para su buena o mala suerte, el ácido en el estómago de su depredador actuaba lo más despacio posible, después de todo la comida en el desierto de Génova era escasa y se debía de preservar el mayor tiempo posible, ya que cuando cae la noche el mar de arena se congelaba y petrificaba a todas las bestias en su interior.

  Aunque el líquido era lento en actuar, esto solo pasaba con los gruesos caparazones de las otras bestias que viven es este lugar.

  Su cuerpo se terminaba de reconstruir lentamente, los músculos del exterior estaban creando una barrera para que el corrosivo líquido no pudiera ingresas al interior, contrarrestaban su inminente destrucción reconstruyéndose a la misma velocidad en la que el líquido los destruía. Mientras que, en su interior, los órganos tenían una ardua batalla por recuperar su forma y recobrar su función.

  Fue solo después de un par de horas que su cuerpo se había recuperado, aunque su piel no podía volver a crecer gracias a la implacable acción del ácido en el exterior.

  Lo único que podía ver era la piscina de líquido caliente que se había convertido en su nuevo hogar.

  Un pequeño niño sin piel, cabello o parpados; había estado respirando y tragando ácido por días hasta que se abrió la salida por la parte inferior. La larga batalla entre la reconstrucción y la degradación, al fin, estaba llegando a su conclusión.

  Ahí fue cuando comenzó su divertido viaje por el colon, impulsado por los innumerables apéndices que colgaban del techo y las paredes, mientras presenciaba lentamente como su compañero cambiaba su forma y composición.

  Hasta que un par de días más tarde salió al exterior, rodeado del monstruo que hace tiempo había devorado toda su parte inferior, y ahora solo era una cálida masa café, suave y grotesca.

  Antes siquiera de que su piel volviera a arder por el abrasador calor del sol sus amigos, los insectos, volvieron por un poco más de diversión. Pero la suerte le sonreiría por primera vez, ya que el sol estaba a punto de caer, y la noche le traería el descanso que tanto anhelaba.

  Cuando la noche llego, todos los gusanos e insectos de su interior salieron por sus agujeros con un ritmo aterrado, desesperados se refugiaron en las cálidas arenas buscando una escapatoria para la inminente congelación. Aunque no fue la suerte de todos el salir a tiempo de su interior, ya que los más avariciosos que había ocupado un lugar especial en su corazón, no tuvieron tiempo para escapar al exterior.

  Apenas unos minutos después de la caída del sol, la ola de frío le golpeo, y fue cuestión de segundos para que su cuerpo se convirtiera en gran trozo de hielo.

  Completamente paralizado, los gusanos de su interior ya se habían congelado, y su cuerpo aún no se había recuperado así que el lento proceso de recuperación se llevó a cabo. Toda la noche su cuerpo se dedicó a reparar los daños y a expulsar los restos de los parásitos en su interior, el frío no ayudaba en nada al proceso de reconstrucción, solo lo hacía más lento y doloroso.

  Mientras el niño contemplaba el baile de las lunas y las estrellas en el cielo, con sus parpados que estaban fijos en su lugar, sus ojos solo podían ver en una única posición.

  Lo único que podía hacer era contemplar las coloridas nubes que brillaban como si tuvieran vida propia, las brillantes y hermosas estrellas que habían conquistado por completo el cielo y su alrededor.

  Descubrió que si las juntabas con una línea ellas abandonaban su forma de estrella y tomaban otras bellas formas; el dibujo de un ciempiés en el cielo, la araña que trepaba, el gusanillo hambriento y muchas más. Formaba hermosos dibujos en el cielo con todas las cosas que había visto y conocido en su corta vida, era un cielo con la forma de un gran desierto.

  Comenzaba a amanecer otra vez, y su lienzo de estrellas se comenzaba a teñir de rojo, pasando por un naranja hasta que llegaba al azul que les daba la señal a todos aquellos que le quieren devorar.

  El ultimo dibujo que pudo ver fue la hermosa llama que adoraba contemplar, una llama roja que solo se podía deslumbrar con la llegada de la luz solar. Una llama que era igual a la que veía antes de perder la vista y que le causaba un gran dolor, pero que por alguna extraña razón siempre le gusto, ya que era la que le aliviaba su dolor. Lo liberaba de su parálisis y le permitía ver la estrella más grande y hermosa de todas, pero ella era una estrella muy tímida, porque siempre que la veía se escondía y no le dejaba verla más.

  Adoraba a esa gran estrella, porque era la única que lograba imponerse sobre el interminable ejercito de las demás. Él quería ser tan fuerte como esa estrella y poder alejar al ejercito de monstruos que siempre le causaban dolor, quería ser tan fuerte como el sol.

  En medio del interminable mar de dunas se podía divisar una llama solitaria iluminando la oscuridad, siempre estaba acompañada del desgarrador llanto de un niño. El niño que siempre intentaba contemplar el sol, pero cuando lo hacia sus ojos perdían toda función, siempre se caían y derretían ante el abrasador poder del astro.

  Alejado de todos, dejado a su suerte, aquel que nunca será recordado y jamás mencionado. El niño solitario, la llama perdida en el interminable desierto de arena.

  Esta es la historia que los padres le cuentan a los niños en La Ciudad de las Arenas, una historia que los aterra y los mantiene alejados de aquellas enormes puestas que los protegen de los terrores que habitan el desierto del horror.

  En la leyenda se cuenta que un día ese niño llegará a la puerta, y algún tonto le abrirá la entrada, así librándole de su eterno martirio. Pero esta acción que parecería noble traería grabes y horrendas consecuencias, ya que al abrir esa puerta se desatarían las llamas en toda la civilización.

  El niño que carga las llamas le traerá al mundo la desesperación, desatando el mayor genocidio visto en la historia de la humanidad. Sera el monstruo más aterrador que el mundo se pueda encontrar, ya que siguió las enseñanzas del sol y lo supero.

~Θ~

  La vida en La Ciudad de las Arenas nunca será una que sea muy fácil, en este lúgubre lugar lo más que encontraras será un par de granjas y casas sin más. Los hombres que habitan en este lugar ya están viejos y agotados, pasan hambre todos los días y deben de trabajar sin descansar.

  Esta ciudad olvidada es la frontera que los separa del gran desierto de la perdición, el ultimo atisbo de civilización antes de tocar la puerta que separa a todos de los horrores que habitan en aquel aterrador lugar.

  La puerta de piedra que hace miles de años fue construida para detener el implacable avance del desierto de la desesperación era su única salvación, construida en el único paso de la inmensa cordillera que rodea todo el desierto, conteniendo a las bestias en su interior.

  Cuentan las leyendas que la cordillera fue creada por Dios para separar la entrada al infierno de su creación, pero que en medio de su construcción un dragón había impedido su finalización. El perezoso dragón se había rehusado a perturbar su sueño solo por el mandato de Dios, por lo que Dios le asesino.

  Cuando Dios asesino al dragón, su sangre mancho el suelo apestando todo con una maldición, el creador asqueado por el repugnante olor decidió no finalizar su construcción. Como no podía permitir el avance de la atrocidad que se encontraba tras el muro, le asignó a la humanidad la construcción de una enorme puerta de piedra que frenara el avancé de la devastación, así fue como se creó la gran muralla que divide al mundo de las bestias pecaminosas que habitan en su interior.

  Con el tiempo la humanidad se volvió intrépida y abrió la puerta, crearon un pequeño pasaje para que los más valientes exploraran aquella olvidada e inexplorada región. Una delicada puerta de acero se construyó, dándole el paso a cualquier loco buscador.

  La puerta de acero que le traería al mundo la devastación, el pecado que cometió la humanidad tentada por la vanidad y la arrogancia.

  En esta ciudad un pequeño niño desatará una catástrofe sin igual.

  – ¡Maldito niño! ¡Vuelve aquí, ese pan es mío!

  En medio de las calles de esta empobrecida ciudad se encuentra un niño de no más de once años escapando con una hogaza de pan, el mercader al que le había robado le estaba persiguiendo por detrás. Esta era la tercera vez en la semana que intentaba robar algo para comer, ya llevaba seis días sin comer, y hasta ahora lo único que había conseguido robar eran un par de botellas de agua y una manta para descansar.

  En esta maldita ciudad la única manera que tenía para sobrevivir era robar, ni siquiera en la basura había algo bueno que pudiera usar. Era una ciudad donde la pobreza reina y la necesidad es la única ley, él era de los más pobres que podría encontrar, vagando por las calles sin comida ni hogar, ni siquiera tenía un nombre por el cual le pudieran llamar.

  Un pequeño tropiezo acabo con su fantasía, tenía tanta hambre que sus piernas habían dejado de funcionar, frente a él se encontraba jadeando el viejo mercader al que había robado la pequeña hogaza de pan, ni siquiera la había podido probar.

  Por más que intentó forcejear aun así le arrebataron la pequeña hogaza de pan, es natural, después de todo había sido un milagro haber podido robar tres cosas en esta semana sin ser atrapado… Había subestimado su suerte.

  Sabía lo que sucedería a continuación, siempre llevaba consigo un trozo limpio de tela por lo que pudiera pasar, había llegado el momento de emplearlo una vez más.

  El mercader aplico tal fuerza en su brazo que levantó todo su cuerpo de un tirón, estaba seguro de que tendría un nuevo moretón, pero esto ahora era la menor de sus preocupaciones, ya que conocía bien el castigo por robar.

  Solo esperaba no perder su mano, ya había perdido tres dedos, dos en la mano izquierda y uno en la derecha, si pierdes tres de tus dedos y vuelves a robar te cortan la mano. En este lugar perder una mano te dejaría sin poder robar, por lo que no podría volver a comer nunca más, es más, si intentas robar algo después de perder una mano te cortan la cabeza para que nunca lo vuelvas a intentar.

  En esta polvorienta ciudad los esclavos eran muy apreciados, lástima que no hubiera ricos dispuestos a vivir en este apestoso lugar. La plaga de niños callejeros como él estaba comenzando a convertirse en un problema, no necesitaban tantos esclavos, así que muchos nos quedamos vagando en las calles… Esperando nuestra muerte, sin siquiera tener derecho a soñar con el mañana.

  Por eso nos cortaban los dedos, era la marca del niño que no podía robar, el niño que no le importaba a nadie, ese que tenía la marca de la muerte.

  Oculté como pude mi mano izquierda, no podría trabajar bien sin mis dos manos, y parece que la suerte aún no me ha olvidado. El hombre tomo mi brazo derecho y se había olvidado por completo de mi otro brazo.

  En cuanto llegamos al puesto el hombre pateó mis piernas y me obligó a tropezar, ahí estaba yo, postrado frente a un pequeño tocón de madera. Cuando el mercader comenzó a buscar algo con lo que me pudiera cortar fue cuando finalmente comprendí la situación en la que me encontraba, un sudor frío recorrió toda mi espalda y todo mi cuerpo comenzó a temblar… No quiero perder mi dedo… no otra vez… ¡Dios sálvame por favor!

No quiero, me rehuso ¿por qué siempre tienen que pasarme estas cosas a mí? Lo único que quería era comer ¿tan malo es que quiera vivir?

Forcejee con todas mis fuerzas en un inútil intento por escapar del agarre del mercader, pero la diferencia de fuerza entre un niño y un adulto es absoluta.

Cuando vi el trozo brillante y cortante de acero no pude evitar gritar ¿Por qué a mí? ¿Por qué me pasan estas cosas a mí? ¡¿Por qué diablos tuve que nacer aquí?!

El cuchillo se acercó a mi dedo, estaba calculando el peor lugar para cortar. En medio del hueso, mi castigo no sería tan suave como para hacerme un corte con poco dolor.

El golpe fue tan fuerte, que el cuchillo quedo clavado en el pequeño tocón, mi dedo había sido rebanado con una facilidad que apenas y podía creer ¿Tan poca valía tenía mi dedo? Al menos te hubieras resistido un poco más… yo te estimaba más.

Aunque tuve la suerte de que el hombre hubiera sido un carnicero, al parecer mi suerte aun no me había abandonado. El corte fue limpio y preciso… Casi no sentí dolor.

  Digo esas cosas porque, en verdad duele mucho, no quiero llorar… no puedo llorar. Si lloró el señor se molestará más y podría llevarse mi mano, debo de aguantarme lo mejor que pueda.

  Siento como la fuerza en mi brazo cede, y el hombre me libera. Veo con nostalgia mi dedo recién perdido reposar tranquilamente sobre el banco, se siente como si no fuera real, lástima que el punzante dolor me haga aceptar la realidad.

  Pasaran varios meses antes de que pueda olvidar la sensación de tener mi dedo en su lugar habitual. Aun extraño mis otros dedos, incuso hay veces que termino botando las cosas porque intento sostenerlas con mis dedos fantasmas.

  Incluso yo tengo sueños felices donde aún tengo todos mis dedos y puedo comer carne sin parar, pero mi vida en esta ciudad jamás me dejara cumplir un sueño tan ambicioso como ese, mis dedos faltantes eran la única prueba que necesitaba para recordarlo.

  Recordé mis sueños felices mientras me acurrucaba en un callejón, quería gritar, quería llorar, quería recuperar mi dedo… quería salir de este lugar.

  Usando el trozo limpio de tela envolví mi mano con fuerza, es difícil hacerlo solo con una mano, por lo que a cada vuelta que daba para evitar el sangrado escuchaba el sonido de mis huesos rechinar con la dura tela con la que me intentaba vendar.

  Termino de vendar mi mano y con las pocas fuerzas que me quedan busco una esquina para descansar, se estaba haciendo tarde y tenía que regresar o el resto se iban a preocupar.

  Pero cuando intento levantarme para caminar mi vista se nubla, espero no haber perdido demasiada sangre, sería malo si el resto me tuviera que ayudar… Después de todo yo soy el mayor… yo soy el que debería de ayudarlos a ellos.

  …Sin importar si las lágrimas no dejan de brotar… debo de ser fuerte para ellos, no los puedo abandonar… ellos me necesitan, aún no ha llegado mi hora para renunciar.

  Cuando regreso a nuestra base los veo a todos descansando junto a un pequeño fuego, parece que ellos habían tenido mucha más suerte que yo. Estaban asando un par de ratas y un pequeño pájaro, que no tengo idea de cómo lograron atrapar, incluso había un par de hogazas de pan… ¡no! Ahora no es momento de llorar, debo de ser fuerte frente a ellos.

  Saludo a todos los pequeños niños que estaba a mi cuidado, hace tiempo que había comenzado a ayudar al resto de niños que vivían como yo, les enseño a robar, a cazar y muchas otras cosas útiles que les pueden ayudar a no morir en esta ciudad. Después de todo soy el mayor, uno de los pocos que ha logrado vivir por más de seis años en este lugar, tuve la suerte de aprender de mi hermano antes de que fuera atrapado y…

  Hace pocos días encontré a una pequeña niña en un callejón, tiene unos tres años y parece que la habían abandonado, cuando fui a ayudarla estaba temblando, al parecer se había resfriado. Mi hermano me enseño que cuando se está resfriado hay que tomar mucha agua, calentarse y descansar. Pero ella parece que no había descansado nada, estaba fría y muy asustada, en un intento por calmarla robe una manta con la que pueda calentarla.

  Después de traerla a nuestra base el resto se encargaron de ayudarla, darle la suficiente agua y hacerla descansar. El agua se terminó pronto y tuve que volver a salir a buscar, ese fue mi segundo robo de esta semana, y justo hoy había fallado en encontrar algo para darle de comer.

  Pero los demás tuvieron mucha suerte, casi parece que estuviéramos celebrando un gran banquete.

  Me acerqué al fuego en silencio, debía de parar el sangrado de mi dedo, mi hermano me enseño que la mejor manera era quemar la herida para evitar enfermar, por lo que tomé una pequeña brasa con un palo y cosí mi muñón.

  – ¡Miren! Hermano perdió otro dedo, parece como si no supiera robar.

  Los pequeños ser burlan de mí desgracia mientras me presumían sus dedos sin cortar, estaban alegres porque eran mejores ladrones que yo. Espero que en verdad sean mejores que yo… lo van a necesitar.

  Esa noche todos nos reímos de mi error garrafal, solo espero que ellos aprendan un poco de todo lo que me pueda pasar. Quiero que ellos aprendan de mí, como yo lo hice de mi querido hermano.

~Θ~

  Era extraño, muy extraño, esta era la primera vez que le había pasado. Las llamas del sol estaban saliendo por el horizonte, bañando todo su cuerpo como una amable y cálida manta, liberándole lentamente de su prisión de hielo.

  Esa mañana, como siempre, intento ver fijamente a la estrella más hermosa y brillante que tenía el cielo, esa estrella que era tan amable, pero al mismo tiempo tan cruel. Aquella estrella que admiraba y deseaba imitar.

  La estrella dorada que brilla en el cielo, esa que aparece después de que el firmamento se haya cubierto en llamas, aquella estrella tímida que no quiere que nadie la vea. La misma estrella que le había mostrado tanto la calidez como el dolor, la estrella que más amaba.

  Ese día cuando la vio, ella no se cubrió, sus ojos no dolieron ni su piel ardió. Solo sintió esa agradable calidez a su alrededor, la calidez que anhelaba cada mañana, esa calidez que siempre adoraba.

  Esa mañana, la gran estrella dorada le había aceptado y le había abrigado, esa mañana le estaba mimando. Las llamas habían dejado de lastimar, ahora esas llamas solo alejaban a aquellos que querían hacerle daño. Su estrella lo estaba cuidando.

  Por primera vez había dejado de sufrir, por primera vez pudo reír.

  Esa mañana despertó cerca de una gran pared, un muro que se extendía más allá de lo que podía ver, y una gran puerta estaba frente a él.

  No sabía lo que era, lo único que sabía era que, gracias a ella, su estrella había comenzado a calentarlo y había dejado de lastimar. Como pudo se arrastró cerca de la gran puerta, no sabía porque, pero quería estar junto a ella, se sentía seguro junto a ella.

  Ese día ningún monstruo le ataco, ningún gusano lo invadió, nadie lo lastimo. Esa noche, su cuerpo no se congelo, aquel frío abrasador no lo invadió.

  Sintió miedo de que su estrella lo dejara, pensó que si lo dejaba lo lastimarían otra vez. Pero cuando volteo su vista al cielo la pudo ver, ahora podía ver a las pequeñas estrellas formando la figura de la más tímida y bella de ellas; pudo ver en las estrellas el dibujo de la puerta que le protegía y del sol que le acogía.

  Ese día, por primera vez en su vida pudo descansar.

~Θ~

  Cuando desperté en la mañana sentí un terrible dolor en mi mano derecha, me levanté y la volví a ver. Esperaba que todo hubiera sido un mal sueño, pero parece que las cosas no serían tan favorables para mí.

  Aun podía sentir mi dedo en su lugar, sentía un terrible dolor en ese dedo que ya no se encontraba en ese lugar. Intenté mover con la infantil fantasía de hacerlo volver a salir, pero lo único que moví eran los sueños de que algo así fuera a suceder.

  Era temprano y ninguno de mis compañeros tenía la intención de salir, quería caminar para intentar aceptar mi nueva condición… Después de todo soy el mayor, ellos no deben verme sufrir.

  No tenía idea de adonde ir, pero en cuanto salí la escuche, era una risa. La más hermosa risa que había escuchado en mi vida, estaba llena de alegría y felicidad.

  Era una risa distinta a todas las demás, una risa simple, no intentaba imitar la de nadie más, era una risa que esta echa solamente de felicidad… la más pura felicidad. Una risa que jamás pensó escuchar.

  Instintivamente buscó la fuente de aquella risa que calentaba su corazón.

  Siguiendo el sonido que aliviaba el dolor en su corazón, se tropezó. Frente a él estaba la inmensa puerta de piedra, y al otro lado de aquella puerta se seguía escuchando aquella hermosa risa.

  Conocía la leyenda, su hermano le había contado sobre ella, pero no pudo evitar buscar la fuente de tan bella y alegre risa. Necesitaba olvidar su dolor, necesitaba hacer algo para calentar su corazón. Quería ver la fuente que aquella cálida risa, aunque le costara la vida, los chicos podrían vivir sin él, los había entrenado pensando en el día en que no regresaría.

  Se armó con todo el valor que tenía, y empujó con todas sus fuerzas la pesada puerta. Lo que vio tras esa puerta no podía ser explicado por simples palabras. Tras aquella puerta encontró la llama que reconfortaba el corazón, una pequeña y solitaria llama que ardía bajo el sol, olvidada en la inmensidad y perdida en la profundidad del gran desierto de la desesperación.

  La llama que reía a pesar del dolor, aquella que nunca perdía su bello color, una llama de esperanza que calentaba su corazón.

  Oculto detrás de la puerta, pegado a la dura e implacable piedra, se encontraba un pequeño niño. Estaba cubierto en llamas, pero estas llamas no lo quemaban, era como si lo cuidaran.

  El pequeño estaba riendo mientras observaba la salida del sol, como si se alegrara al ver a su madre volver a casa.

  Cuando el niño lo vio lloro, tal parece que lo asustó, en cuanto se acercó el calor de las llamas disminuyó. Era como si las propias llamas le estuvieran dejando pasar.

  Se quitó su camisa y con ella apagó las delicadas llamas que se quedaron cubriendo su pequeño cuerpo, era la primera vez que agradecía que sus prendas fueran duras y gruesas.

  En cuanto cubrió al niño el llanto cesó, se acercó y con la mayor delicadeza lo levanto. Sabía que a los demás no les iba a agradar, pero había prometido salvar a todos aquellos a los que la suerte se había dejado.

  Esa mañana su pequeña familia creció un poco más.


Autor: Aldohnc