A- A+ Ahora puede cambiar de capítulo pulsando dos veces las teclas de navegación izquierda y derecha, espero lo disfruten.

Partu Deorum

“El Nacimiento de los Dioses”

 

Capítulo 8 : Desierto blanco.  

En medio de las butacas para los soldados del imperio, se encontraba Ruberias, el general a cargo del séptimo batallón imperial, desayunando junto a algunos de sus hombres. Cuando repentinamente un cadete entro en medio del comedor repleto de soldados sudados y recién levantados.

– ¡General Ruberias, el comandante Jaref le pide que visite su oficina cuanto antes!

– ¡Entendido! Ya escucharon señores, parece que hoy tendré que retirarme antes de lo esperado. Jaime, te dejo a cargo de la practica matutina, iré a ver qué es lo que quiere el comandante.

Sin esperar a la confirmación de sus hombres, Ruberias se levantó de su asiento y se dirigió rápidamente a la oficina del comandante.

¿Qué diablos querrá ahora ese viejo bastardo? Solo espero que no haya descubierto nuestro escondite de licor de contrabando.

– ¡¿Me llamó comandante?!

-Ruberias, jamás imaginé que llegarías a tiempo. Estaba a punto de enviar a buscar a un par de escoltas para que arrastraran tu trasero aquí. Se ha reportado un avistamiento de grandes columnas de humo provenientes de la ciudad de las Arenas, es probable que un monstruo haya logrado atravesar la puerta del desierto y este arrasando la ciudad. Tú y tu escuadrón verifiquen el estado de la ciudad, busquen a cualquier superviviente y subyuguen a lo que sea que haya causado todos esos problemas. Es todo ¡AHORA SACA TU TRASERO DE AQUÍ Y VE A CUMPLIR CON TU MISIÓN!

– ¡Señor, si señor! Partiremos cuanto antes.

Sin decir una palabra, el general Ruberias dejo la oficina de su superior para movilizar a sus tropas cuanto antes.

Ese anciano solo los había seleccionado, porque eran el único batallón desocupado. Es una molestia tener que hacer una subyugación menor, pero es mejor que estar perdiendo el tiempo es este botadero.

– ¡Escuchen niñitas! Tenemos una misión en la ciudad de las Arenas, parece que se les olvido cerrar la puerta y dejaron que un monstruo les quemara la ciudad. Ahora nos toca ocuparnos de su maldito problema, así que prepárense y comiencen a preparase antes de que termine usándolos como papel de baño.

-¡¡¡SEÑOR, SI SEÑOR!!!

El séptimo batallón se especializaba en la contención y eliminación de monstruos, a pesar de que solo contaban con unos doscientos hombres, cada uno de los soldados había sido entrenado para acabar con cualquier tipo de monstruo que puedan representar una amenaza para el territorio imperial.

A pesar de ser un famoso batallón entre la población civil, eran despreciados por los nobles y altos cargos. Después de todo, la mayoría de los soldados eran meros cazadores experimentados que de un pronto a otro fueron reclutados al servicio del emperador.

Por lo que eran conocidos entre el resto de batallones como los exterminadores, no por su destreza en el campo de batalla, sino por su labor de encargarse de todas las molestas plagas.

Ruberias, el general a cargo no era mucho mejor que el resto de sus soldados. Al igual que el resto siempre había trabajado en el campo como cazador, hasta que un día los soldados anunciaron que se había creado la división de control y subyugación. Fue entonces donde la mayoría de los cazadores fueron reclutados, solo dejando a los más jóvenes y ancianos para proteger a los poblados.

¿Por qué estaba él a cargo de este batallón? Era bastante simple en realidad, el antiguo general era un noble estúpido que solo se dedicó a hacerles la vida imposible a los soldados. No tardo mucho antes de que los resentidos campesinos lo dejaran a su suerte para que fuera devorado.

Unas pocas semanas después de que ese gordo bastardo se convirtiera en la cena de algún monstruo afortunado, el Comandante Jaref no puso a cargo. Desde entonces él y su batallón se han encargado de eliminar a cualquier monstruo que amenazara las ciudades rurales.

Por lo general su trabajo era bastante fácil, simplemente llegar al lugar, rastrear al monstruo y matarlo. Simplemente por hacer eso los civiles ya los alabarían como héroes del estado.

Pero lo que más amaba de su trabajo no era el salario ni los regalos de los ciudadanos, sino que les habían proporcionado su propia división de monturas para su desplazamiento apropiado.

Fue una gran sorpresa en cuanto se enteraron que se suponía que debían de ser una unidad de respuesta rápida ante los problemas causados, siempre habían pensado que la marcha era lo habitual para los soldados, pero simplemente se trataba de su antiguo general torturándolos.

Los caballos eran animales muy valiosos para los pueblerinos, pues uno solo podría valer tanto como una casa. Por lo que tener caballos era algo realmente lujoso para unos cazadores ordinarios.

Eso fue lo que le permitió al séptimo batallón recorrer en un día lo que a los plebeyos les hubiera tomado cuatro días de viaje humano.

¿Por qué fue importante el tiempo que tardó en llegar el batallón a la ciudad? Simple, el mensajero había tardado un día en recorrer desde la ciudad de las arenas hasta el fuerte, mientras que ellos tardaron un día en llegar a la ciudad.

¿Qué clase de calamidad había atacado para dejar a una ciudad completa en este estado?

Montañas de ceniza cubrían todo lo que alcanzaba la vista, lo que una vez habían sido edificios se habían convertido en una gruesa alfombra blanca que lo cubría todo.

No había ni una sola señal de vida en todo el lugar, solo alguna mancha ocasional de hollín que tenía la forma de una persona.

Los soldados estaban consternados, temerosos de que esa bestia pudiera atacar a la capital y dejarla en el mismo estado.

Por lo que la misión principal fue encontrar al bastardo que lo había caudado.

Buscaron entre las montañas de ceniza humeante cualquier signo de lo que sea que haya atacado a la ciudad, pero por más que buscaron nunca lograron encontrar ni un solo rastro.

Buscaron hasta que callo la noche, ni un solo rastro era como si una gran ola de llamas hubiera consumido por completo la ciudad. No había quedado nada, ni una sola persona seguía con vida para informar lo que había pasado.

Temerosos de que el monstruo se hubiera escapado, decidieron regresar a informar al comandante cuanto antes, si un monstruo como este se llegaba a presentar una vez más necesitarían de todo el ejército imperial para lograrlo matar.

Pero un horrible llanto los detuvo en medio del desierto blanco… Era el llanto de un niño, pero era imposible que un niño sobreviviera a algo como esto.

Con la resolución de que estaban a punto de enfrentarse al monstruo responsable de todo este desastre, los soldados se formaron y esperaron a que el sonido del llanto se les acercará.

Pasó casi una hora sin que nadie se moviera, hasta que de una de las dunas de arena blanca calcinada se levantó una llama y con ella el llanto se detuvo de repente.

Pero extrañamente no se movió, como si estuviera esperando a que ellos se acercaran para matarlos. Pero unos cazadores experimentados no caerían en una trampa tan básica, así que esperaron a que el monstruo saliera de su escondite.

Pararon las horas y la única luz que quedó era la de la llama que los iluminaba, si no fuera por los impredecibles e irregulares llantos, hubieran pensado que simplemente se trataba de una hoguera que alguien había creado para molestarlos.

Cansados de esperar, se decidieron a obligar al monstruo a atacar, prepararon sus arcos y apuntaron a la duna de ceniza que ocultaba la llama.

Después de un par de rondas de disparos las llamas se apagaron, pero lo único que revelaron fueron los gritos agonizantes de un niño desolado.

Cuando el llanto paró la llama se alzó una vez más, repitieron este proceso hasta la mañana cuando todas sus flechas se habían agotado.

Ya cansado de la terquedad de este monstruo, Ruberias decidió arriesgas su pellejo y desenterrar lo que se sea que se ocultaba en esa maldita pila de ceniza.

Grande fue su sorpresa al ver que debajo de toda esa ceniza se encontrara un niño llorando, empalado por doce flechas, de las doce veces que le habían disparado.

No había duda, este pequeño demonio había causado todo este desastre.

Sin dudar, desenfundó su espada y comenzó a apuñalarlo.

Una mancha de carne y sangre fue lo que quedo de lo que alguna vez fue un niño completamente cubierto de blanco.

Pero grande fue la sorpresa del generar al ver a la carne retorcerse una y otra vez, como si el malnacido demonio solo se estuviera burlando. Fue aterrador ver como ese bastardo volvía a crecer otra vez, sus huesos cubrieron la carne picada, mientras que pequeñas líneas de músculos los abrasaban para juntarlos, y en medio de todo ese festival de carne se formaban los órganos y el cuerpo de ese maldito.

Sin siquiera esperar a que recuperará su forma, decidieron subirlo a un carro, mientras que un soldado de encargaba de apuñalarlo y triturarlo hasta que llegaran a la capital.


Autor: Aldohnc