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Take the World

Capítulo 1: Corriendo

 

Dos semanas tomaron mis heridas de mí, dos semanas en las que fui alimentado y cuidado por los habitantes de esta aldea. Hoy es el día en que me vuelvo a presentar ante el anciano, el Patriarca.

Las llamas no estaban encendidas esta vez, siendo la luz del sol la que iluminaba el lugar, filtrada desde arriba por donde el humo escapa cuando las llamas arden. El Patriarca se hallaba en su asiento, justo como antes.

Varios hombres y mujeres vestidos con pieles de animales estaban en filas a cada lado de la entrada, formando un pasillo humano.

—Entra, Pequeño Mistios —dijo el patriarca con su característica voz seca.

Poco a poco me acerqué, inclinandome una vez estuve frente a él.

—Estás en deuda, Pequeño Mistios. Córin el Lobo te ha cuidado, Madame Serpiente ha curado tus heridas, El Oso te ha alimentado, Sabath el Gato ha escuchado tus delirios y los espíritus han velado por tu vida. Ahora has de pagar tus deudas.

—Y-yo… lo haré, he de pagar mis deudas. ¿Qué debo hacer?

—Presenta tus respetos, Pequeño Mistios. Aprende a hacerlo. Córin el Lobo te enseñará, Madame Serpiente te enseñará, El Oso te enseñará y Sabath el Gato te enseñará… Toma su conocimiento y ofrece tus respetos, Pequeño Mistios.

—Entiendo Patriarca, daré mi mejor esfuerzo.

—Ve al bosque y espera, he dicho. Debes cumplir tus deberes para no deber nada.

Asentí y de inmediato salí de la casa comunal, de la aldea, y esperé entre los árboles. Córin el Lobo venía con sus cuchillas en la cintura, un arco y flechas.

—Pequeño Mistios, no será sencillo. Has de aprender a atrapar el alma viva, tomarla y alimentarte de ella; una pieza por ti, una por mí y una por respeto a los espíritus. Ven, has de buscar un alma que quiera ser tu arco.

—Estoy a su cuidado, Maestro Lobo, por favor enséñeme.

Durante un par de horas caminé en completo silencio junto a Córin. El bosque se hacía cada vez más denso y la luz escaseaba, pero más adelante, en la conglomeración de árboles, un haz de luz podía verse. El espesor del bosque se adelgazaba en lo que parecía un prado… un prado con un árbol inmenso en el centro.

—Ese es el árbol más vivo de este lugar. Ve y toma una rama que tenga tu nombre, tu aroma.

—¿Cómo la encuentro?

—Lo sabrás cuando la veas… los espíritus te lo dirán.

Entonces Córin se sentó con las piernas cruzadas y los ojos cerrados, calmando su respiración, meditando.

Recorrí el árbol más de una vez, a veces a pie, a veces corriendo, escudriñé cada una de sus ramas, pero ninguna me parecía diferente a la anterior. Miré el tronco del árbol, lo toqué y sentí cada grieta sobre él; la vida entre la corteza podía apreciarse si uno tenía cuidado. «¿Cómo los espíritus lo controlan?», me pregunté.

Le di vueltas una y otra, y otra, y otra vez.

Poco después el sol comenzaba a caer y tuvimos que regresar a la aldea. Varios días tomó este ritual, días en los que Córin cazaba solo, siempre tres presas; ni una más, ni una menos. Cada día yo observaba el árbol desde distintos lugares, midiendo, pensando, admirando.

Luego de un centenar de vueltas, comencé a verlo de otra forma. No soy yo quien elige a la rama, es la rama que me elije a mí; por mi aroma, por mi esencia… ella toma mi nombre y se dedica en respeto a mi esfuerzo.

El color dorado de una de las ramas llegó a mis ojos, no mucho más alta que lo que mis brazos podían alcanzar. Cuando mis dedos hicieron contacto, lo sentí… sentí cómo abandonaba su tronco madre y deposita su peso en mi mano… Sentí cómo era elegido. El aroma del tronco llegó a mi nariz, agudizando mis sentidos, y comprendí que esta madera era a su forma, única.

—Finalmente la has encontrado, eso es bueno. Ahora debemos volver.

—¿E-eso está bien?

—Dale un buen uso a esa rama y será suficiente muestra de respeto por su dedicación a ti. Has de embellecerla, darle parte de tu alma, y ella te corresponderá.

Arrojando uno de sus cuchillos a mis pies, comprendí; debía de moldearla para hacer un arco, confiando solamente en mis manos y mi habilidad. No podía fallar.

En el camino, Córin cazó tres conejos; uno para mí, uno para él, y uno para el Anciano. Los respetos deben presentarse por el conocimiento obtenido. «El Halcón mira sobre nuestras cabezas», es lo que dijo Córin.

A partir de ese día, y todas las mañanas siguientes, me la pasé meditando junto a Córin mientras daba forma a mi arco. En cuestión de doce días, finalmente lo había conseguido. Delicado, fuerte, prepotente y altivo, ese era mi arco. Hecho de la rama dorada del árbol más vivo del bosque, ese era mi arco. Presenté mis respetos al Maestro Lobo, al árbol y al Patriarca, el pago por los conocimientos.

Medía 140 cm de largo y pesaba poco más de 700g, su cuerda siendo la misma que el Patriarca me dio al llegar. Con él deberé de cazar mi comida; aún con las cosechas suele no ser suficiente y a todos nos gusta comer una sopa o un caldo con algo de carne.

Cada mañana posterior a la creación de mi arco, cacé las bendiciones del bosque para la aldea, presenté mis respetos a cada persona que cuidó de mí cuando llegué y agradecí a los espíritus por su guía. En mí aún arde el deseo de saber qué ocurrió, pero parte de mí entiende que no es el momento

Por las tardes, El Oso y su esposa me ayudaban a practicar. Comencé por lo más difícil; aprender a ser golpeado.

El Oso era un hombre de más de dos metros de altura, por lo que golpear con fuerza a un chico de ocho años como yo era algo que podía hacer fácilmente, y es lo que hizo… una y otra vez durante mucho tiempo, por meses enteros, hasta los dos primeros años de mi estancia en esta aldea. El Oso imprimió en mi la resistencia, el combate con y sin armas, los puntos fuertes de cada una y sus debilidades. El Oso no podía hablar, era su esposa quien explicaba lo que él quería decir con señas.

El Oso era un genio en cuanto al combate, no habiendo arma que él no supiera manejar. Día tras día viendo su hermosa esgrima y vigor con la lanza, el mazo y la daga, parte de su fuerza fue transferida a mí. La forma en la que se mueve como una hoja en el viento y golpea como una roca, no eran más que inmaculadas. Al terminar cada clase, me pedía que le llevara pescado la mañana siguiente.

Durante mis ratos libres tallaba madera mientras meditaba junto a Córin. Aunque no era yo un experto en el arte del esculpido de madera, poco a poco logré copiar la forma de un cuervo, tallado en madera blanda.

—Eres hábil con las manos.

—Creo que más que por ser hábil, solo me tome el tiempo suficiente… Aunque podría estar mejor.

—Sin duda que podrás mejorar, pero para ser el primero es bueno.

—El primero, eh… Tienes razón, debo seguir practicando cuando pueda.

Durante varios de esos días sostuve una rama, gruesa y áspera, blandiéndola sin prisa ni pausa, tratando de comprender algo. Durante los días enteros que estuve blandiendo la rama, ampollas en mis manos aparecieron y explotaron, astillas se clavaron en mi carne produciendo terrible dolor. Días enteros tardaron, pero sanaron y poco después callos salieron donde las heridas solían estar. El Oso dijo que era normal, o mas bien, lo interpretó su esposa por él.

En ocasiones después de las largas y arduas prácticas en completo silencio, me pedía que fuera a pescar con él; era un lago cercano a la aldea el único sitio donde se podía hacer tal cosa. Sus aguas eran turbias, ya que a pesar de ser un lago, tenía el tamaño y la profundidad suficiente como para poseer corrientes propias.

Una vez le pregunte por qué no hablaba.

Él me mostró que parte de su lengua se había ido; su esposa me dijo que la perdió hace mucho tiempo, en el mismo momento que él se había perdido.

También me dijo otra cosa: “Esta es la forma de recordar, que a veces hablar no es una solución. Has de atrapar la sabiduría como a un salmón que salta en el rio y hacerla parte de ti».

Cerca de las horas en que el sol se ocultaba, Sabath el Gato jugaba conmigo. Aunque era un hombre de edad, era realmente amigable; su forma de ser tan frívola y alocada era una de las pocas fuentes de diversión en la aldea.

Pero a pesar de su excéntrico aspecto, su mirada triste y perdida era contrastante a él mismo; sus cuchillos siempre daban en el blanco, sin importar a dónde apuntara ni el tipo de cuchillo o si eran agujas, independiente del viento o la lluvia, siempre daba al blanco.

A veces sobre las ramas de los árboles, otras sobre la verde hierba disfrutando del sol, alocado y único aprendí mucho sobre cómo medir las distancias y calcular si una rama puede soportar mi peso o no. Saltar entre ramas para seguir a mi presa fue parte de su enseñanza.

Solía aparecer desde cualquier dirección y en cualquier momento. Tratar de sorprenderlo también era inútil, no sé cómo, pero El Gato era experto en desaparecer y aparecer, como si simplemente se esfumara en el aire.

“Juguemos”, él decía. Noche tras noche jugábamos arrojando cuchillos, y con el tiempo mi puntería se hizo tan buena que él tuvo que admitir la derrota.

En el tiempo que pasé bajo el cuidado del Gato, aprendí cosas que me parecieron extrañas; que la moral es algo flexible ya que la gente solo juzga lo que puede ver, al igual que un ladrón que esconde su daga, uno tiene que saber mostrar la cara correcta. Si uno es blanco de día será negro de noche o del color que se requiera, comportarse como se debe es lo que me impartió. Aunque según él estos modales probablemente sean cosa del pasado. Aun asi, me aseguró que podría serme de utilidad aprender los modales, al menos un poco de ellos.

Esconder armas y que él las descubriera, era un juego que solíamos jugar. Debía ocultar dagas, dardos y agujas por mi ropa y el Gato tendría que intentar encontrarlas solo con la vista, sorprendentemente su agudeza visual era algo sin par, puesto que no le tomaba más de unos segundos encontrar cada una de ellas solo al rondar una o dos veces a mi alrededor, hasta que un cierto día no pudo encontrarlas más.

—Has ganado joven pilluelo, como el Pequeño Mistios que eres. Has de recordar que de los juegos puedes zafar, espadas y mazos habrá, pero a lo oculto debes buscar. Sin ton ni son han de ser, pero más tú has de saber, que de la sangre que ha de correr, la tuya no debe ser. Por eso siempre recuerda, Pequeño Mistios, que sin importar que tan grande es la diversión o juerga, la concentración es importancia extrema.

—Muchas gracias por su guía, Sabath el Gato.

—Ve, Pequeño Mistios, este viejo aburrido no puede enseñarte nada más, pero a la bruja no dejes esperar.

De los varios meses que pasé con Sabath el Gato, siempre me pregunté por qué hablaba en rimas o con enseñanza. Aquella fue la única vez que se expresó de forma corriente.

—Pequeño Mistios… Si yo hubiese sido alguien vivaz y sereno, diferente mi futuro habría podido ser. Los pecados cometidos no se olvidan y las personas te buscarán por venganza; no dejes cabos sueltos ni te pierdas en andanzas. Los juegos y diversión no son malos, pero si abusas de ellos solo la perdición te aguardará tras la esquina; cada persona cual daga brilla o se opaca dependiendo de cuánta sangre carga.

Esa noche fue la última vez que vi a Sabath el Gato. A pesar de que pregunté por él a los aldeanos, ellos solo dijeron que seguramente jugaba a lanzar cuchillos cerca de donde él decía que se podía ver a los espíritus, y cuando se aburriera volvería.

Madame Serpiente era hermosa; su cabello moreno y ojos violetas robaban cada suspiro de mí, pues verla era un regalo para los ojos, y aún con mis pocos once años, puedo entender que cualquier hombre que la viera se sentirá afortunado por poder posar sus ojos en tal curvilínea figura. Su altura y delgadez eran un perfecto balance, como si el creador dijera que ella tiene que ser la mujer más hermosa, aquella que no perdería ante nadie.

Nadie sabe cuándo llegó exactamente, ni qué edad tiene, aunque todos aseguran que el paso del tiempo no afecta a su belleza; podrían pasar cien años y seguiría igual de hermosa, tal vez es alguien perdida en el tiempo… nadie lo sabe con seguridad.

—Buenos días, Pequeño Mistios.

—Buenos días, Madame Serpiente. Hoy luce radiante como siempre.

—Pequeño Mistios, debes ser cuidadoso, las mujeres cual bestias salvajes se alimentan de halagos y piropos.

—Aun así, desearía que estuviera nublado el día de hoy, así podría apreciar mucho mejor el brillo de su inestimable sonrisa.

—Tan pequeño como galante; espero que así como aprendiste a adular, hayas aprendido a diferenciar las plantas. El Gato te ha enseñado cosas muy macabras.

—Huh, lo intenté Madame Serpiente, pero sigo teniendo problemas para diferenciar las plantas curativas de las venenosas.

—Años y décadas pueden tomar a cualquiera el aprenderlo, pero estoy segura de que puedes lograrlo, eres listo Pequeño Mistios. Ahora ve y tráeme tres plantas de dulcinea, recuerda sus hojas amarillas y tallo fino, no las confundas.

—De acuerdo Madame Serpiente.

De camino al bosque recorrí la misma distancia de siempre, corriendo; no sé por qué pero correr era sentir la libertad. Para cada cosa que hay que hacer es necesario atravesar el bosque, ya una vez ahí se puede ir a cualquier parte. Las plantas de dulcinea crecen sobre los bordes del río, son realmente preciosas y difíciles de confundir, en cuestión de un par de horas las había obtenido.

Pero en el camino de regreso, vi una planta extraña. Sus pétalos rojos cambiaban de color mientras más al extremo llegaban, y en las puntas de estos solo un leve color rosa se podía apreciar, sumiso pero elegante, al instante pensé en llevársela a Madame Serpiente; ella adora las cosas bellas, pero llevar la flor muerta sería una desgracia.

Tomé un trozo de madera de una palma de ancho con dos de alto y tallé un cuenco lo suficientemente profundo como para que quepan dos puños de profundidad y con el cuchillo desenterré las raíces de la flor junto a un buen trozo de tierra. Al terminar me apresure a llegar a su casa, seguramente aún espera mi llegada con las flores de dulcinea y el sol pronto se ocultará. El tiempo voló sin decirme que su hora de partir se acercaba.

—Oh, Pequeño Mistios, el día de hoy sí te tardaste. ¿Qué sucedió? ¿Te encuentras bien? —pregunto mientras me examinaba con cierta preocupación.

—Sí, Madame Serpiente, no me ocurrió nada, solamente encontré algo que quería traerle. Esta flor me pareció hermosa, aunque no se compara ni a un pétalo de la flor que es usted, pensé entregarla como respeto por el conocimiento que usted me brinda.

—Pequeño Mistios… debes entender que la belleza es peligrosa, al igual que esta candyloflor, su cautivador aroma y colores atractivos atraen a los insectos, motivados estos beben de su brillante néctar solo para morir en sus bellos pétalos. En el exterior hay mujeres de tales formas, debes ser cauteloso, muchas veces la belleza es venenosa. Aun así, gracias por tal preciosa flor.

—¿Necesita algo más, Madame Serpiente?

—No, Pequeño Mistios, ve. Aún eres joven, esforzar tu cuerpo de más podría causar problemas en el futuro; come algo y descansa, toma algo de tiempo para divertirte. Es importante saber cuándo parar.

—Muchas gracias, lo hare. Nos vemos, Madame Serpiente.

Al mismo tiempo que salía, Madame Serpiente comenzaba a elaborar sus ungüentos. Ella se encargaba por sí misma de cada enfermedad e infección en la aldea; usualmente parte de mi trabajo es ayudarla, a veces a drenar el pus, otras a suturar las cortadas. Los accidentes pasan incluso en las tareas más simples, las trampas pueden fallar y tomar parte de tu carne o la naturaleza puede darte una desagradable sorpresa, más… si uno sabe cómo arreglárselas en esas circunstancias no habrá diluvio que te encuentre sin cobijo.

Particularmente veía difícil el acomodar los huesos de las piernas cuando estos se rompían violentamente producto de algún accidente, pero el hacerlo podría salvar la pierna de alguien, incluso su propia vida. Las infecciones podían evitarse si los huesos que en ocasiones cortaban a través de la carne, no se fragmentaban demasiado, y en caso contrario, ella debía abrir y retirar los trozos o reacomodarlos de ser necesario. Un trabajo meticuloso y por sobretodo, sangriento. Pero seguía siendo mejor eso a perder la pierna, un brazo o la vida.

En un principio me daba asco ver el pus, amarillento o en ocasiones violáceo cuando se mezclaba con sangre, siempre presente en cortadas con objetos oxidados o donde el musgo suele crecer, es tan doloroso que las personas que son tratadas lloran al ser cortadas nuevamente para purgar este asqueroso líquido. Pero de no hacerse, alguien podía perder una extremidad por gangrena… o la vida por la fiebre.

Suturar con sedantes puede ser efectivo, pero unos gramos de más en la mezcla y podrías matar a alguien. Por el contrario, si uno sutura sin sedante, es mejor que esa persona soporte el dolor, porque dependiendo de qué tanto tramo haya que cerrar uno puede desmayarse por la penuria de ser punzado; aquellos pocos que se accidentaban cuando la leche de la flor del opio estaba disponible, no sufrían tanto.

Madame Serpiente es sorprendente ya que aprendió casi todo por su cuenta, aunque cuando le pregunto de dónde aprendió sobre las plantas, ella me esquiva. Algo grave seguramente pasó, pues lo único que siempre repite es: “Si alguien está aquí, es porque murió al menos una vez».

Me asuste un poco, pero pronto entendí, que hay más de una forma de morir sin estar realmente muerto.

Por la noche antes de dormir oré a los espíritus para que bendigan a Madame Serpiente y calmen su atribulado corazón; pedí que le den paz para que su sonrisa pueda llegar a los corazones más dañados y aliviar su carga.

Cuando me di cuenta, casi no pude creer que pasaron siete años desde que llegué, fue tanto lo que hice que al final de cuentas el tiempo pasó sin que lo viera. Es un fantasma que no puede asustarme a su paso. Ya que para cuando lo vea, él llegara tarde y yo lo esperaré con paciencia.


Autor Schzender

Editor Lykanos